A propósito de la afinidad de los K, con STIGLITZ. Tal para cual …

FILE PHOTO: The International Monetary Fund (IMF) logo is seen outside the headquarters building in Washington, U.S. September 4, 2018. REUTERS/Yuri Gripas/File Photo

Muy oportuno trabajo hecho llegar al Portal por el Economista y Profesor de Filosofía Política, ARMANDO RIBAS

La nota lleva por título: “STIGLITZ y yo” y lo que sigue es su contenido:

“El señor Joseph E. Stiglitz ha publicado un libro cuya traducción al castellano ya está disponible bajo el título El Malestar en la Globalización. Con respecto al mismo, la revista The Economist escribió recientemente: “el libro no trata de la globalización como pretende; que su crítica al FMI fue pobremente argumentada; que fue confusa y malamente escrito; que su tono fue insoportablemente auto apreciativas; que las políticas que propuso eran en muchos casos importantes inviables y que hizo acusaciones arbitrarias de malas conductas personales que eran completamente insostenibles. Más allá de eso, a nosotros nos gustó mucho”. El último juicio parece la negación misma en términos genéricos, pero era la tónica de The Economist, pero ese no es mi caso. Hay una parte del libro con la que indudablemente estoy de acuerdo y en muchos aspectos lo escribí antes que el señor Stiglitz, como son las críticas a las políticas del FMI, basadas en el denominado “enfoque monetario del balance de pagos”, que es el sustento teórico del modelo de Polak.

Según Stiglitz, existe una evidente contradicción en la existencia misma del FMI a partir del denominado Consenso de Washington. Es decir, que el FMI a partir de Bretton Woods se creó bajo el presupuesto keynesiano de que los mercados en ocasiones no operaban eficientemente y la necesidad de los gobiernos de actuar para crear empleos. El Consenso de Washington habría sacralizado al mercado, lo que para Stiglitz significa una idolatría contradictoria con la propia función del FMI, pues su existencia sólo se justifica precisamente porque los mercados fallan.

El anterior argumento parece de una lógica incontrovertible y sin embargo es un sofisma, donde la primera premisa es falsa. La idea de que de un lado se encuentra el mercado como una entelequia que enfrenta otra entelequia que es el Estado, es falsa de plena falsedad. Tanto el mercado como el Estados son meras denominaciones universales que están compuestas por hombres de carne y hueso que toman decisiones. En todos los casos, las decisiones de los mercados, o sea de los individuos que los componen, están influenciadas por las decisiones de los gobiernos y en los últimos tiempos igualmente por las decisiones del FMI.

Según Stiglitz, la desregularización y liberalización de los mercados de capitales, lejos de mejorar la situación de los países en desarrollo, en muchos casos la ha empeorado. En otras palabras, la mal denominada globalización aparentemente habría producido más mal que bien. En ese sentido, Stiglitz señala, y coincidimos con su apreciación, que mientras los países desarrollados recomiendan la apertura de los mercados en los países en desarrollo, ellos hacen lo contrario y en particular subsidian la agricultura que es precisamente el sector en que aquellos tendrían ventajas comparativas.

En otras palabras, nosotros hemos sostenido que la globalización como tal no existe por las siguientes razones: en primer lugar, porque es cierto que se han liberado los mercados de capitales pero no se ha hecho lo propio con los mercados de productos; en segundo lugar, pero no menos importante, nos encontramos con que las comunicaciones han globalizado la información pero no la formación. Es decir que el mundo se entera de todo lo que pasa, pero sigue ignorando por qué pasa. Es así, entonces, que parece haberse aceptado que la división del mundo entre poseedores y desposeídos (have y have nots) es un hecho telúrico en el mejor de los casos, y en el peor como el resultado de una conspiración de los primeros para empobrecer a los segundos. Esta segunda tesis es la que parece adscribir Stiglitz en su crítica a las políticas del FMI.

Conforme a esa teoría, Stiglitz sostiene que “hay dinero para rescatar bancos, pero no para mejorar la educación y la salud y menos para rescatar a los trabajadores que pierden sus empleos como resultado de la mala gestión macroeconómica del FMI”. No me cabe la menor duda de que muchas políticas apoyadas por el FMI y particularmente la Argentina de la “convertibilidad” no fueron exitosas o peor aun fueron desastrosas. Pero de ninguna manera compartimos la idea de que ése es el resultado de una conspiración del sistema financiero internacional. Por el contrario, pensamos que se debe precisamente a la teoría económica que subyace tales políticas y que sería el denominado modelo de Polak, de donde surge la visión monetarista de que el único desequilibrio es causado por la expansión monetaria a través del crédito doméstico.

Coincidimos entonces con Stiglitz en su juicio respecto a que el aumento de las tasas de interés como medio para combatir la inflación puede resultar y así ha ocurrido que el remedio es peor que la enfermedad. Igualmente es verdad que la entrada de capitales puede provocar, y de hecho así ha resultado, la sobrevaluación de la moneda nacional, y la consiguiente pérdida de competitividad. Es indudable que la rebaja de aranceles al mismo tiempo que se expande el gasto público y se mantiene un tipo de cambio nominal fijo es una forma de destruir a los productores de bienes transables y consecuentemente se produce la desocupación. Pero nuevamente el problema no es la apertura, sino la sobrevaluación monetaria que surge de la incompatibilidad entre la política cambiaria y la fiscal. Pero lo que Stiglitz parece ignorar es que el determinante de ese desequilibrio es la incompatibilidad de la expansión del gasto público con el control monetario y la fijación del tipo de cambio nominal. Ésa es la causa de las elevadas tasas de interés que atraen el capital en tanto y en cuanto perciben que se mantendría el tipo de cambio nominal como ancla para evitar la inflación. Es nuestro criterio que indudablemente esta política confunde los fines con los medios y el desequilibrio se produce como consecuencia de que la tasa de interés real supera ampliamente la tasa de retorno de la economía, particularmente de los productores de bienes transables. Esto fue lo que ocurrió en el Sudeste de Asia así como en México y está ocurriendo en Brasil y por supuesto en Argentina.

O sea que nuestra discrepancia parte de la razón de ser del desequilibrio. Y éste surge como consecuencia de que el aumento del gasto público como un intento de igualar los ingresos a través de crecientes derechos (privilegios) sociales resulta en un nivel de impuestos que es impagable para una gran parte del sector productivo. En ese sentido debe tenerse en cuenta que el nivel de gasto público sustentable depende de la productividad de cada economía. Cuando existe una baja productividad, el aumento del gasto en términos reales determina un incremento en el costo de producción y una caída en la rentabilidad. Finalmente, cuando los impuestos no se pagan, surge como consecuencia el déficit fiscal, que dada una política monetaria restrictiva se financia con crédito externo y finalmente se produce tanto el default como la devaluación.

Lamentablemente, las políticas del FMI se han basado en corregir el déficit fiscal mediante el aumento de los impuestos, ya que en general no han podido influir en el nivel de gasto. Pero ese es un error de concepto que surge precisamente del monetarismo y no una conspiración. Por supuesto, dada la prédica de la izquierda y del antiimperialismo, la teoría conspirativa expuesta por Stiglitz no hace más que darle la razón a los que creen o sostienen que la culpa del fracaso de las políticas de apertura, liberalización y privatizaciones la tiene el neoliberalismo, o sea el denominado capitalismo salvaje. La realidad, sin embargo, es que lo que hizo fracasar esas políticas fue el despilfarro público. Sí estamos de acuerdo con Stiglitz que las políticas de contracción de la demanda agregada una vez que se produce la recesión son totalmente contraproducentes. Ahora bien, la idea no debe ser suprimir al FMI, pues insisto tanto como Kindleberger en la necesidad de un prestamista de última instancia a nivel internacional. Lo que se debe hacer es revisar los supuestos en que se basan las políticas del FMI, particularmente en estos momentos en que los denominados tipos cambio flotantes pueden convertirse en una nueva versión de las devaluaciones competitivas.

Es cierto igualmente que el FMI nunca comprendió la naturaleza de la crisis asiática, pero también es verdad que esto no se debe a una colusión de los bancos con el FMI. Así como también es insostenible la acusación hecha a Fisher por haber ido a trabajar al Citicorp. El problema sigue siendo el mismo. El esquema analítico a partir del cual se diseñan las políticas está equivocado y es éste el que es necesario corregir. Y en esto Stiglitz también se equivoca, pues si bien estamos de acuerdo que una política monetaria y fiscal restrictiva en el medio de una recesión es un absurdo (sin necesidad de ser keynesiano), no es menos cierto que la visión de una mayor ingerencia del Estado en la actividad económica no es la solución sino el problema. Más regulaciones significan más corrupción y menos seguridad jurídica. Y sin seguridad jurídica es decir el reconocimiento pleno de los derechos de propiedad no hay crecimiento posible.

También compartimos la aseveración de Stiglitz respecto a que el FMI carece de una teoría coherente para sustentar sus políticas. La adscripción al monetarismo sustentada en el supuesto de que todo desequilibrio surge de la expansión del crédito doméstico implica ignorar las verdaderas causas de las crisis que enfrentamos en la actualidad. Es decir, ignorar la importancia de la tasa de interés real vs. la rentabilidad del capital (la eficiencia marginal del capital: Keynes) significa desconocer el verdadero síntoma del desequilibrio. La idea de que el anclaje del tipo de cambio es la forma de resolver el problema de la inflación ignora asimismo la causa que determina fundamentalmente el déficit de cuenta corriente. Debo añadir que aun la teoría keynesiana hoy debe ser sujeta a una revisión profunda en la medida que el gasto público ha pasado a ser un factor determinante del costo de producción y por tanto del tipo de cambio real. Pero insisto, ello no significa que refleje una colusión en el sistema financiero ni tampoco una contradicción respecto a la preferencia por la libertad de mercados aun en plena conciencia de que estos no son perfectos o que nunca fallan en sus apreciaciones.

Por último, no se puede olvidar que el denominado sistema financiero no son las instituciones cuyo capital en muchos casos no llega al 3% del ahorro que administran. Por tanto, cuando se está en contra del sistema financiero, en la realidad se está en contra de los ahorristas, es decir de los depositantes. Un colapso del sistema financiero internacional significa no otra cosa que la pérdida de los ahorros y peor aun y tal como pasó en el ’29, la caída vertical de la economía mundial. Esto debemos tenerlo muy en cuenta en la Argentina. Nunca subestimemos la estupidez humana”.

N de la R:

ARMANDO RIBAS posee un extenso listado de antecedentes académicos y profesionales, como asimismo en la Docencia. Es autor de libros muy reconocidos por sus lectores. Y ha sido columnista de la Cadena de TV estadounidense CNN.